El mar tiene hambre de batalla,
se contrae y toma las fuerzas de sus brazos
que lo ayudan a expandirse,
y lo hace,
y desgasta la tierra que lo contiene.
Nunca se cansa, cada segundo de su inmensidad
lo invierte,
como una hormiga obrera transporta su alimento
dominadas por su naturaleza creadora.
Y en los vértices de sus formas,
la temperatura se calienta,
se fusionan las energías agua-tierra,
es un renacimiento constante.
Testifican congraciadas las plantas,
que se amontonan unas sobre otras reproduciéndose
sin tapujos.
Y planean las aves,
que reflejan una plegaria que se posa
en el paralelo de dos mundos.
Y el viento es el sonidista privilegiado,
es el nexo que nos comunica y guía hacia las sensaciones
más antiguas de los seres vivientes.
Y nace una fracción de paz,
que se consagra
en el ojo humano que lo vigila.
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