Mis miedos, mis furias, mi desasosiego, mi templanza, todo está cubierto en mis días de límpidos ordenamientos reflexivos, y se desatan enmarañando las horas, su tic tac se acelera y no puedo detener sus ritmos embravecidos, que serpentean cada movimiento con la fuerza de un animal enjaulado, cuando ve un hueco para escapar.
Sofocan mi mente y caminan por mis cuerdas vocales, y desatan movimientos sonoros que yo albergaba con recelo, salen a la superficie con la misma descarga que tiene un secreto cuando es escupido, y el cuerpo se aliviana hasta convertirse en viento.
Paso por agua mis lágrimas, acumulo momentos vividos en vidas anteriores, que plasman campanitas de cristal en la memoria celestial.
Y me vuelvo niña, y estoy al lado del río con un balde y un palita juntando arena; impregnada de tierra fértil de campo, cálida y palpable, con movimientos de medusa, alas de plastilina, de la misma esencia divina.
Y estoy subida a una loma, y me constelo junto a las estrellas, y estoy juntando piedritas blancas, brillantes, para después arrojarlas al agua y ver como hacen pocitos con ruido.
Me despierto, y me carcomen las transacciones mundanas, lo operativo, y me dejo encrespar por el olor a humo de los motores, por esas largas escaleras que no quiero subir día a día, y me veo obligada a hacerlo, por los rostros de vida que hoy no quiero contemplar y aparecen frente a mí ávidos, secos, consumiendo mis ansias.
Y estoy en medio de esos dos mundos, atrapada en la medianera de la felicidad, a veces tan segura y vanidosa, y otras tanto maleable y ciclotímica, girando sobre mí misma, pero sin darme cuenta.
Y después de haber transitado mis recónditas remembranzas, me vuelvo tan real y húmeda como mi tierra, tan efímera y liviana como la risa de un gorrión.
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